
Una reedición de Vainica Doble, no es algo por lo que merezcan doblar las campanas. Ya está prácticamente todo lo oficial expuesto en compacto y ni se les ha reservado el espacio de referencia que habían ganado, ni ha mejorado su consideración. Sigue, eso sí, el culto secreto, pero éste seguiría igual, o mayor, sin reediciones. Un culto secreto en el que han caído los músicos españoles más proclives a vestir el pop de intimismo y de ligereza y decenas –quizás alguna centena– de aficionados con especial sensibilidad. Pocos, se va dando cuenta este cronista tras años y años de pensar que crecería de forma aritmética ese culto.
No ha sido así, y uno debe darse con un canto en los dientes porque aún sigan estando en las estanterías sus discos, aunque quizás Taquicardia y En familia sean los que más fácilmente puedan aparecer porque las compañías que los editaron siguen en activo. Nuevos Medios, en este caso, que en el 84 –había aparecido un libro del Zurdo sobre ellas, colaboraron en canciones de La Mode, modelaban algunas composiciones para otros cantantes– decidió editarles el primero de sus últimos discos. Para algunos, gentes en cuyo criterio confío, el mejor; para este cronista, no. Aunque ninguna producción de las Vainica es la mejor, el punto que marca la diferencia son los arreglos y en este caso, con un tono jazzístico, quedan algo alejados del gusto actual, más dado a la crudeza de sus primeros trabajos.
Abre “El niño inseminado”, una miniatura cáustica y tierna, como todas las suyas, apenas cinco frases desgarradas que aquí se visten de telas entre lo estándar y lo delicado, la aceptación de que al fin y al cabo el sistema nos engulle. El mismo fondo que en “La funcionaria”, lamento de una trabajadora frustrada que se abre en los deseos del colorista estribillo a una vida más estática pero plena.
Imagen, la de la realidad y las ganas, recurrente en su obra, vidas vulgares que esconden enormes baúles de deseo. Igual que el resto del disco concentra trazos que habían ya anotado: las fábulas animales que aquí se reflejan en “La mona coqueta”, ese todo infantil y duro que aparece en “Nana a una estrella recién nacida”, el amor caprichoso pero alejado del drama en “Un sí señor con las patas verdes”, con su estribillo casi gospel.
Todo está plagado de imágenes desacostumbradas, su contacto con escritores antes de juntarse en dúo, resultó efectivo. Sin él, casi sería imposible ese chispeo en las letras, esa facilidad para las melodías en unas señoras ya mayores y rodeadas de hijos, cuya carrera puede hundir en la vergüenza a estrellas de pacotilla en el pop español.

Mateo Guiscafré siempre me lo dice, que ante el poco estímulo que le ofrecen los grupos nacionales al uso la única opción es inventarse uno. Eso es lo que ha repetido con Las Escarlatinas tres años después, el ideal a la manera de Platón. Sí, Las Escarlatinas es un grupo inventado, afortunadamente, bajo la sombra de una idea. Cuatro vocalistas de renombre escondidas bajo seudónimo, músicos de sesión y la dirección de Guille Milkyway –La Casa Azul, para el que no domine los tecnicismos– que han inventado un disco plagado de aire sport y selecto, deliberadamente rancio, fervorosamente actual. Nuestro Brill Building. Lo de siempre en Siesta, vaya, que hasta sus grupos reales los inventaba.
Lo de rancio va por los arreglos, que no desdeñan usar aires de bossa, de funky sofisticado o de italodisco, hasta dabadabadá incluye. Pero nada de ello resulta caprichoso o apolillado. Al revés, más soft-pop que el primero, más cóctel, parece reclamar que la modernidad debe atender también al clasicismo. O que al fin y al cabo la modernidad es clasicismo bien recuperado.
Parte del mérito está en los compositores también, los de siempre: Sergio López de Haro, Alberto Matesanz o Miguel Ángel Villanueva. Crean ellos esos estribillos redondos, esos ambientes plácidos y soleados. Merito que incluye la versión de los coreanos Misty Blue –“Dormir o morir” titulan a ese estribillo contagioso y serpenteante– o la bomba que siempre nos ofrece el Zurdo, en este caso “Las vírgenes shibuyas”. Por temática y personalidad, por su fragilidad y su convicción, podría ser la última canción de La Mode.
Y más allá de esta pulcritud, los verdaderos triunfadores del disco son los tapados, esos compositores que no logran llegar a las tiendas pero que atesoran una carrera espléndida. Ahí está “El fin”, de Violeta Gómez, una canción llena de heridas y de serenidad, de tensión y de esperanzas. O “Mi buhardilla six”, de Pablo Jiménez y los Pulpops, donde tanta belleza tienen las trompetas beatles como el poder de evocación. Canciones llenas de melodías tan bonitas que meten miedo. Sólo por esto, es esencial que existan Las Escarlatinas.

La dama blanca del pop oscuro regresa por la puerta grande. Reorientación, fichaje por una nueva compañía y un excepcional disco bajo el brazo. Buenas credenciales. Su anterior aventura al alimón con Nacho Vegas la volvió a situar en el mapa castellano parlante con acierto, y lo que Tu labio superior exhibe viene a ser una ampliación y matización del decálogo que presentó junto al asturiano. Un disco de claroscuros, retorcido e inocente a partes iguales, lúgubre y luminoso, pero siempre misterioso.
Candidez afrancesada, rock metropolitano, un ejemplo de calidad e inspiración que deja a las demás féminas del panorama alternativo en desventaja frente a lo que Rosenvinge se muestra capaz de componer y atacar. P.J. Harvey estaría encantada de firmar piezas como las que contiene este disco, un trabajo refinado pero agresivamente lascivo, una epopeya pop que parece relatar frugales refriegas sentimentales entre la carnal ingenuidad y la violenta sensualidad. Notas que parecen biográficas, mensajes vedados para aludidos pero públicos para el oyente. Sombras que habitan hasta las canciones más ligeras o directas, personajes pretendidamente desdibujados que contribuyen a un ambiente Lynchiano, extrañamente hermoso. Lo dicho, la dama ha vuelto.

Siempre habíamos creído que no era más que un crisol que depuraba las palabras de otros hasta hacerlas salir de sus labios como limaduras de oro. Pero resulta que no, que esa voz tan inconsistente y frágil como su figura, tan hermosa como su figura, guardaba dentro un taller de alquimista. Y que ella misma se iba construyendo sus propias letras a lo largo, confiesa, de los últimos siete años. Así es que ha acabado rellenando un cesto de intimidad, experiencias y ternura.
Y una vez purificado el metal de las palabras, lo ha confiado al taller de forja melódica de Edith Fambuena y otros compositores. Las músicas, correctas, en algunas ocasiones sobresalientes, y quizás lleguen a alcanzar la emoción de las palabras en algún tramo, pero es que las letras no decaen, son un diluvio de imágenes instintivas, desangeladas, tristes, fieras, con dos nexos conductores: su infancia y las esperanzas de una mujer de 62 años. Y ahora entendemos esa voz. No podía ser que cantara con tanta vida quien no la hubiera tenido.
Los destellos de esos recuerdos resultan incoherentes en las imágenes pero cohesionados en el mismo sentimiento. Un sentimiento que alcanza cimas con “Enfants d’hiver”, una tierna elegía sobre la infancia, y sobre todo en “La boîte”, intensamente naíf desde el inicio a lo “Sunday morning” de la Velvet hasta esa melodía casi hablada pero llena de matices. Cuando musita “embrasse-moi, papa” quien está cantando es la misma desolación.
El escalpelo que abre el alma de la madurez está bellamente representado en “Prends cette main”. La mecánica científica del vals, un cello que encoje el alma y esa voz que se rompe al subir construyen una canción al mismo tiempo firme y balbuceante.
También en el disco gotean amenazas de muerte. En ese “Pourquoi” –voz, piano y una dulzura que lo impregna todo, dedicada a un amigo que estuvo a punto de morir– y sobre todo “Aung San Suu Kyi”, homenaje a la opositora birmana de la que Jane se ha convertido en adalid. Una tonada épica y oriental escrita en inglés.
Quedan historias y falta espacio. Alguna canción ligera y casi adolescente, alguna eléctrica y oscura como el Lou Reed de los 70. Pero no es lo importante, lo importante es el recuerdo. Como apunta ella en una entrevista, “recuerdos magníficos, seguramente porque son inverificables”.

Los alemanes Betina Mischke y Roland Grotsch publicaron el primer trabajo de Jazzamor en 2002 (Lazy Sunday afternoon), y seis años después han completado su camino con otros tres discos más (A piece of my heart, Travel y Beautiful day). Ahora editan este grandes éxitos, que abre una incógnita sobre el futuro del dúo y, en general, de las aspiraciones internacionales que pueda tener a partir de ahora cualquiera que sea no-anglosajón y militante independiente. Probablemente la clave de su éxito esté en su falta de pretensiones intelectuales acerca de lo que debe o no debe ser una buena canción pop respecto de sus opciones de entretenimiento (y justamente cuando más devaluada está esta valoración sobre el papel actual de la música).
Jazzamor heredó de los años 80 una vindicación tecnológica por el dance y una propensión a los sonidos soleados del electro pop. Pero sobre todo aquel amor por la bossa-nova que marcó el “revival” en el que tanto se había empeñado gente como Everything But The Girl, Style Council, Matt Bianco/Basia, Swing Out Sister o Sade. Y que éstos, a su vez, heredaron del latin lounge de los 50/60 y el fabuloso jazz orquestado que ofrecían las películas de Henry Mancini, por ejemplo. Con todo eso en la cabeza (y la sugestiva voz de la Mischke), Jazzamor se lanzó al ruedo mostrando una imagen real, glamourosa pero accesible, lo que vale también para sus canciones, entre las que conviene citar “Way back”, “Fly”, “Tonight”, “House on a hill” o “Beautiful day”. Se han dejado aquí fuera sus muy interesantes lecturas de “Fly me to the moon” o el “Space cowboy” de Jamiroquai, pero no sus desinhibidos pasos sobre el “Summertime” de Gershwin o el “Ain’t no sunshine” de Bill Withers. ¿Quién dijo miedo?

Para esa época del año en las que las comilonas familiares se aderezan con discos de villancicos cantados por angelicales corales infantiles, solistas de imponente voz o cualquier otro tipo plúmbeas formaciones vocales. Para unos, son la banda sonora ideal para unas fechas entrañables, para otros, habitualmente los sectores juveniles o de viejos rockeros de la familia, un autentico torpedo al buen gusto y una pesadilla sin fin. Afortunadamente, desde los inicios del rock, los artistas se han ocupado de grabar versiones de temas navideños o de componer sus propios villancicos.
Lo hicieron los Beatles, por ejemplo, y la tradición llegó hasta nuestras tierras cuando los grupos de DRO grabaron el LP Navidades radioactivas a principios de los ochenta. El guitarrista de la E Street Band Steve Van Zant, ha dedicado esta recopilatorio de la serie Underground Garage, que edita su sello Wicked Cool, a villancicos rockeros y souleros. Abre fuego Keith Richards con un stoniano “Run Rudolph Run”, dedicada al reno más famoso del trineo de Santa Claus. El regorderte Papa Noel es el protagonista de la mayoría de los temas, como no podía ser de otra manera tratándose de grupos anglosajones.
Así, Bob Seger se inspira en el “Papa’s got a brand new bag”, al que le da un barniz rockero y transforma en “Sock it to me Santa”. Clarence Carter y Rufus Thomas, dos de los grandes del soul de los sesenta, interpretan “Back door Santa” y “I’ll be your Santa baby”. Los garageros The Chesterfield Kings aportan su contundente “Hey Santa”, mientras que Soupy Sales imaginan cómo sería la Navidad si Papa Noel sustituyera su trineo por una tabla de surf. Un Hot Rod es el medio de locomoción que propone Brian Setzer Orchestra en “Santa drives a Hot Rod”.
Algo más irreverentes son la banda de power pop The Chevelles que transforman “Adestes fideles” en el instrosurf “Come all ye faithfull girls”. La soledad es la protagonista de “All alone for Christmas”, cantada por la ex Crystals Darlene Love junto a la E Street Band en pleno, que consigue una bonita atmósfera “spectoriana”. Entre los grandes del rock que aportan canciones a este disco están también Ramones (“Merry Christmas”), y The Kinks (“Father Christmas”), que junto a Boss Martians, Electric Prunes, Joe Pesci, The Sugandh, Wizzard, Jean Beavoir, Cocktail Sleepers y The Fab Four completan una recopilación que puede ser una útil herramienta para tener una banda sonora diferente durante estas Navidades y para vengarse de cuñados y suegras amantes de “El tamborilero”.

Sara Van es una joven peruana de 31 años que reside en Madrid desde 1990 y que es autora de unas soberbias letras que merecen escucha atenta. En este su primer trabajo –trece canciones, más dos “covers”– ha reunido lo mejor de sus últimos 19 años de vida, y que los gélidos trapicheos del mundillo discográfico habían condenado a una insufrible e injusta demora. Pero Sara batalló duro y consiguió que la división de “autores del mundo” del Sello Autor prestara atención a su propuesta, que ofrece logradísimos puntos de conexión con los sonidos oriundos de su país.
“Malechinas”, por ejemplo, tiene al cajón flamenco marcando ese galopante ritmo afro-peruano que ella equipara a un caballo desbocado. Charangos, guitarra criolla y flautas dulces llevan la batuta en “La deuda”, la pieza más orgánica del álbum y la que mejor encaja en esa definición de folk andino. Pero que nadie se lleve a engaño: una cosa es que Sara Van tenga nostalgia por su país y otra que sea una folclorista o que en su corazón no palpite un fuerte corazón rockero, como se ha encargado de subrayar su productor, Pelo Madueño, administrando buenos momentos de intensidad a lo largo del álbum.
Más pruebas solventes de que Sara es una artista completa las tenemos con el diseño gráfico y dibujos que aparecen en el libreto (un homenaje a la pintura cuzqueña), de su entera autoría. Y en los “covers” se atreve incluso con una copla, “Campanera”, homenaje personal (y familiar) al célebre Joselito.
Una mujer que sabe tiene una muy buena oportunidad entre las manos y quiere aprovecharla al máximo. Y se lo merece.

No es gratuito que el nuevo trabajo de Marianne Faithfull aparezca en dos ediciones distintas, una sencilla y otra doble más DVD. Y es que no resulta fácil introducirse en este maravilloso Easy come, easy go, pues pese a tratarse de un disco de versiones la inglesa afincada en Francia no ha editado un trabajo radiable o comercial. Se trata de una colección de canciones seleccionadas conjuntamente con el productor Hal Willner que han sido dotadas de gran profundidad instrumental, un acertado vestido para cubrir el hermoso pelaje de una voz agrietada, que como el buen vino parece mejorar año tras año. Marianne parece encarnar el “zeitgeist” de nuestra época con cada frase que entona, y es hermoso creedme, muy hermoso. Dejar pasar este disco sería como pasear por el Parnaso con los ojos cerrados.
Afortunadamente para la credibilidad de la artista los invitados que participan en Easy come, easy go no se marcan duetos ni agobian con su presencia, sino que prestan su voz o instrumento como mero apoyo, siendo sumisamente devorados por la diva caída para gozo del paladar musical. Exactamente como ocurre con cada una de las piezas que aborda, todas ajenas, todas pasto del hercúleo temperamento y expresión de esta señora con mayúsculas, una mujer capaz de sobrevivir a su propia leyenda de cielos e infiernos para acabar regalándonos un disco regado por su fertil feminidad que ni la edad apaga.
Este disco ha de ser abordado en soledad y en su integridad, la edición doble es la precisa si se quiere comprender la obra. Puestos a hacer el gustoso esfuerzo bien merece la pena abordar la versión amplia del trabajo. Habrá que remangarse y echarse al barro como quien afrenta una heroica empresa, aunque la recompensa este vendida desde el inicio. Este trabajo sólo se puede disfrutar

¡Al fin los dioses del pop son propicios al común de los mortales! Cajas y más cajas editaba la industria, como por arte de magia, y los kinkimaníacos de este mundo cruel seguíamos teniendo que recurrir a ejemplares piratas, discos de vinilo inencontrables a un precio decente (o, puestos, incluso indecente) y otras artimañas para confeccionarnos antologías caseras “à la page” de la banda más importante de la historia del pop. En ésas estábamos cuando el sello Universal se sacó de la chistera este bonito cofre de 6 CDs, que sacia en parte la sed de esa legión de discípulos y seguidores irredentos de Raymond Douglas Davies, para quienes “Sunny afternoon”, “Waterloo sunset” y “Days” siguen encarnando el triunvirato de oro del pop.
Este Álbum de fotos repasa íntegra la trayectoria de The Kinks desde sus comienzos como The Ravens hasta el (por el momento) canto del cisne que supuso el álbum To the bone: todas las etapas del grupo, desde los inicios en Pye hasta los últimos días en Konk, pasando por la gloriosa época en RCA o los menos conocidos años en Arista: del power pop de “You really got me” a la delicadeza de Face to face, la maestría hillbilly (y muchas cosas más) de Muswell hillbillies, el gusto por el cabaret de los dos Preservation y el rock americano de Give the people what they want: ciento treinta y dos canciones maestras, con abundancia de inéditas, alguna maqueta (pero menos) y numerosos cortes sólo disponibles en vinilos buscadísimos como el sensacional The great lost Kinks álbum.
Por supuesto, no faltan todos (o casi todos) los clásicos de los hermanos Davies, ni ese tema hasta ahora inédito (“Don’t ever let me go”), aunque bien conocido por los seguidores del grupo, que anticipó el famoso riff de “You really got me”, donde se demuestra de una vez por todas que sí, que la guitarra solista en el primer exitazo de The Kinks era la del impagable Dave Davies y no la de Jimmy Page.
Estupendo, pues, pero las dos preguntas que quedan ahora en el aire son: 1/ ¿Para cuándo un segundo volumen de este Picture book con más carnaza que nos alimente? , y 2/ ¿Será verdad que, superados los problemas de salud de Dave, su hermano Ray ultima el regreso a los escenarios de la banda original?

Ahora que la economía parece estar a punto de reactivarse es un buen momento para recordar la obra en solitario de José María Granados y su pop elegante, sin complejos y cristalino.
Guárdame un sitio recopila algunas de las grandes canciones que incluyó en sus cuatro discos en solitario desde que decidiera regresar en 2001. Un regreso que fue modesto, como lo es la producción de cada una de las canciones aquí compiladas, ajustadas pero certeras.
La genialidad de este autor es que la economía de medios no es más que un leve obstáculo, pues cuando las canciones gozan de una estructura sólida el armazón no deja de ser más que prescindible. Junto a dos temas inéditos, otro de nuestros arquitectos sonoros (hace poco mi compañero Juan Puchades reflejó con justicia al gran Guzmán) presenta esta bonita colección de canciones facilmente asimilables, de difícil composición y perfecta melodía.
La sensibilidad de Granados a la hora de contar –y rematar– historias es sublime, madura y posiblemente ganaría más con una producción que se ajustara más a la madurez que demuestra como autor, aunque esas guitarras de acordes limpios se antojan adictivas. Esperemos que el regreso de Mamá no le impida seguir regalándonos canciones en solitario. Y si te gusta esta muestra, a por los discos completos, que Rock Indiana los vende a sólo cinco euros.
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